Elecciones en Colombia y el viejo fantasma del antisemitismo
Santiago Pérez Hernández
6/22/20264 min read


Las teorías conspirativas que regresan en cada elección
En cada jornada electoral, ya en Colombia, ya en Perú, ya en Argentina, reaparece un fenómeno tan predecible como inquietante, el rumor del fraude, el supuesto robo de las elecciones y, con frecuencia creciente, la idea de una intervención extranjera destinada a alterar la voluntad popular.
Los protagonistas de estas historias suelen variar poco. Gobiernos ocultos, organizaciones secretas, poderes globales y actores invisibles aparecen como responsables de los resultados que una parte de la ciudadanía no logra aceptar. Entre esos supuestos manipuladores suelen figurar los judíos, los israelíes —categorías que muchos confunden— y el casi legendario Mossad, convertido en el imaginario popular en una fuerza omnipresente capaz de intervenir cualquier acontecimiento político del planeta.
Sin embargo, las pruebas brillan por su ausencia. Los hechos no alcanzan siquiera la condición de indicios. Son narrativas que sobreviven precisamente porque no necesitan demostración. Habitan el territorio de las sospechas, donde la emoción suele imponerse sobre la evidencia.
El antisemitismo en las elecciones de Colombia
La presencia recurrente de referencias a los judíos en las teorías sobre fraude electoral no es una casualidad. Tampoco es un fenómeno nuevo, sino que proviene de una larga tradición cultural desarrollada durante siglos en numerosas sociedades de raíz cristiana, donde los judíos fueron presentados como extraños permanentes, sospechosos habituales o responsables de males colectivos. La historiadora brasileña María Luiza Tucci Carneiro lo resume de manera contundente:
"Aún hoy, los niños educados en el catolicismo tienen su infancia marcada por la figura de Judas, el hombre que «vendió» y traicionó a Jesucristo. Tanto es así que persiste una aceptación colectiva en varios países europeos e iberoamericanos sobre el significado simbólico de quemar al Judas Iscariote el Sábado de Gloria, por su traición a Cristo." (Diez mitos sobre Los judíos, María Luiza Tucci Carneiro)
Durante siglos, la figura del judío fue asociada en distintos imaginarios populares a la traición, la conspiración o la manipulación. Aunque las sociedades contemporáneas han avanzado en la lucha contra la discriminación y el antisemitismo, muchos de esos símbolos permanecen latentes y resurgen en momentos de incertidumbre política.
El eterno recurso del chivo expiatorio
Cuando una sociedad atraviesa crisis económicas, derrotas militares o conflictos políticos profundos, suele surgir la necesidad de identificar un responsable externo. Un enemigo distante resulta psicológicamente más cómodo que enfrentar las complejidades internas.
Los antiguos atribuían sus desgracias a los dioses. Más tarde aparecieron las brujas, los herejes o las sociedades secretas. En la modernidad, los relatos conspirativos se poblaron de masones, iluminati, banqueros internacionales y, con frecuencia, de judíos. El mecanismo es siempre similar: explicar acontecimientos complejos mediante una causa única, sencilla y emocionalmente satisfactoria y las elecciones no escapan a esa lógica.
Aceptar una derrota electoral exige reconocer que millones de ciudadanos pudieron pensar distinto. Para algunas personas resulta más fácil creer en una manipulación oculta que admitir la existencia de preferencias políticas legítimamente divergentes.
El Mossad como personaje mítico
Pocas instituciones ilustran mejor este fenómeno que el Mossad porque en ciertos discursos políticos latinoamericanos, el servicio de inteligencia israelí parece poseer capacidades casi sobrenaturales. Se le atribuyen operaciones electorales, campañas de desinformación, asesinatos políticos y maniobras internacionales sin que existan evidencias. La paradoja es evidente, porque cuanto menos pruebas existen, más poderosa parece la conspiración.
El Mossad deja entonces de ser una agencia estatal para convertirse en un personaje mitológico. Una explicación universal disponible para cualquier acontecimiento que genere incertidumbre, cuya función es llenar los vacíos que deja la falta de evidencia.
Democracia, evidencia y responsabilidad pública
Las democracias modernas descansan sobre el principio de que las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. Denunciar irregularidades electorales es legítimo, al igual que exigir transparencia también lo es. Investigar posibles interferencias extranjeras forma parte del debate democrático.
Lo que resulta abiertamente problemático es sustituir la evidencia por prejuicios históricos o convertir comunidades enteras en responsables de acontecimientos para los cuales no existe demostración alguna. Y es que cuando las acusaciones se apoyan únicamente en estereotipos sobre judíos, israelíes o supuestos poderes ocultos, el debate político deja de buscar la verdad y comienza a reproducir viejos mecanismos de exclusión y el odio.
Una sombra más antigua que las urnas
Las elecciones cambian al igual que los candidatos, e incluso las tecnologías electorales evolucionan. Lo que parece resistirse al paso del tiempo son ciertas narrativas conspirativas que reaparecen generación tras generación. Detrás de muchas acusaciones sobre fraude e injerencia extranjera no solo existe desinformación. También sobreviven antiguas estructuras culturales que durante siglos señalaron a minorías específicas como responsables de los problemas colectivos.
Por eso, combatir la desinformación electoral implica más que verificar datos. También exige reconocer los prejuicios históricos que, bajo nuevos disfraces, siguen buscando un lugar en la conversación pública. Y es que las democracias se fortalecen con pruebas, argumentos y debate racional. Los fantasmas, por el contrario, prosperan allí donde la evidencia esta ausente


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